
Gracias julio
Julio González Padrón
La noticia de la semilibertad concedida a Garikotz Aspiazu Rubina, alias Txeroki, ha caído como un jarro de agua helada sobre una parte de la sociedad española, donde me incluyo como el primero; sociedad civil que, jamás olvidará los años más oscuros del terrorismo etarra.
Para quienes perdieron a un padre, a un hijo, a una pareja o a un compañero de trabajo, esta decisión con el visto bueno del gobierno social comunista de Pedro Sánchez y todo por un puñado de votos, que permita a este último continuar en la Moncloa parece a todas luces inaceptable.
No, no nos engañemos, esto es otra “bajada de pantalones” de Pedro Sánchez ante sus asocios de Bildu, de la misma manera que se los baja ante el prófugo de la Justicia Puigdemont y resto de independentistas catalanes. No, no es un trámite administrativo ni una consecuencia rutinaria del sistema penitenciario como quieren disfrazarlo. Es una herida que vuelve a abrirse, un recordatorio brutal de que la memoria de sus seres queridos parece pesar menos que los equilibrios y conveniencias políticas del momento.
Si alguien dudaba que Pedro Sánchez podría saltarse tal línea roja; la de la decencia y del propio sentido común más elemental, ya lo sacaron de dudas.
Por lo tanto, es legítimo preguntarse: ¿Quién está valorando realmente el dolor de esas familias? Porque, a juzgar por la reacción institucional, la respuesta parece ser la de: “nadie con suficiente fuerza, nadie con suficiente convicción, nadie con suficiente respeto por las víctimas, sus familiares y nadie del resto de españoles de recto proceder”
Lo único cierto es que el dolor de la víctima es una realidad que no puede seguir siendo ornamental
Durante décadas, las víctimas del terrorismo han sido presentadas como un símbolo de unidad, de resistencia democrática, de dignidad. Se les ha homenajeado en discursos solemnes, se les ha recordado en aniversarios, se les ha prometido que su sufrimiento no sería olvidado. Pero cuando llega el momento de tomar decisiones que afectan directamente a los responsables de los crímenes, como es el caso que nos ocupa, esa solemnidad se desvanece de forma vergonzosa y vergonzante.
El dolor de las víctimas no puede ser un elemento decorativo que se exhibe cuando conviene y se guarda en un cajón cuando estorba. No puede ser un recurso retórico para legitimar instituciones que, en la práctica, parecen incapaces de situar la memoria y la justicia por encima de los pactos políticos coyunturales.
Las familias que perdieron a alguien no piden venganza. Piden respeto; piden coherencia y sobre todo, que no se les obligue a revivir una y otra vez la sensación de que su sufrimiento es secundario frente a los intereses de quien o quienes necesitan sumar apoyos parlamentarios para mantenerse en la Moncloa.
Cada vez que un terrorista condenado accede a beneficios penitenciarios sin que exista un proceso claro de arrepentimiento, colaboración con la justicia o reparación moral, el mensaje que reciben las víctimas es devastador y por lo tanto, su dolor no puede ser negociable.
Yo particularmente me hago una y mil veces la pregunta ¿Puede un gobierno democrático justificar decisiones así por un puñado de asquerosos votos manchados de sangre, de incluso la de miembros compañeros de su propio partido PSOE?
En democracia, los pactos son legítimos, sí; pero también lo es cuestionar su alcance ético. Cuando una decisión coincide con los intereses de formaciones políticas como es el caso que nos ocupa y que han mantenido vínculos con el entorno de ETA, la sospecha es inevitable: ¿Se está sacrificando la dignidad de las víctimas en el altar de la aritmética parlamentaria?
La democracia no solo se mide por la legalidad de sus actos, sino por la integridad moral de quienes los ejecutan y en este caso, Pedro Sánchez ha demostrado una vez más que desconoce el significado de tal termino, y que cuando una parte de la ciudadanía percibe que la justicia puede convertirse en moneda de cambio, la confianza en las instituciones se resquebraja inevitablemente.
No se trata de negar la reinserción como principio. Se trata de exigir que no se utilice como coartada. Se trata de recordar que la justicia no puede ser selectiva, ni oportunista, ni moldeable como un chicle según las necesidades de un gobierno que busca estabilidad a cualquier precio, como lo ha demostrado el actual social comunista que preside Pedro Sánchez.
Porque si un país transmite la idea de que todo es negociable, incluso la memoria de quienes fueron asesinados, entonces la democracia pierde algo esencial; SU COLUMNA VERTEBRAL ÉTICA.
El Estado tiene la obligación de proteger a las víctimas, de garantizar que su dolor no sea instrumentalizado ni relegado. Pero decisiones como esta proyectan la imagen de un Estado que mira hacia otro lado, que prefiere evitar el conflicto político antes que defender principios fundamentales y humanista.
La justicia no puede ser un susurro que se apaga cuando la política sube el volumen. Las instituciones no pueden actuar como si la memoria de los asesinados fuera un asunto incómodo que conviene gestionar con discreción para no molestar a determinados socios parlamentarios como en este caso a los de Bildu
Un país que no honra a sus víctimas con hechos —no solo con palabras— corre el riesgo de erosionar su propia dignidad colectiva.
Como conclusión final e indígnate te hago dos preguntas Pedro Sánchez que, no son retóricas, son urgentes, incómodas y necesarias que me conteste, porque las hago desde la libertad de los condenados, de los que no sentimos miedo ante personajes como tú. Las hago en nombre esos que ya no pueden hablar porque sanguinarios asesinos como éste al que dejas en libertad se lo impidieron un día dándoles un tiro en la nuca o poniéndoles una bomba. No, esto no pueden seguir sin respuesta, por mucho apego y necesidad que tengas en seguir en la Moncloa.
La semilibertad de Txeroki no es solo un episodio judicial. Es un espejo que refleja una tensión profunda entre ética y poder, entre memoria y conveniencia, entre justicia y cálculo político.
¿Quién está valorando el dolor de las víctimas? ¿Puede un gobierno democrático justificar decisiones así por un puñado de votos?
¿Cuánto tiempo más vas a tener secuestrada la voluntad del pueblo español en tu beneficio propio?
Sinceramente, pienso que no tienes los “huevos” que hay que tener para contestarme mirándome a la cara. Pasaras a la historia, como el peor presidente que ha tenido España a lo largo de su largo de muchos siglos , pero si no podemos los hombres , Dios sabrá juzgarte cundo te llegue la hora. De eso no te quepa la menor duda.
Fdo. Julio C. González Padrón
Marino Mercante y Escritor
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