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| Artículo para la nieta de Julio |
Por: Julio C. Glez. Padrón
A mis setenta y cuatro años, después de haber cruzado océanos, sobrevivido temporales y contemplados amaneceres y puestas de Sol que, parecían incendiar el horizonte, creía —ingenuo de mí— que pocas emociones nuevas podrían sorprender ya a este viejo marino mercante.
He sido durante décadas un hombre de salitre, de cartas náuticas y bitácoras; un lobo de mar convencido de que la vida, como el océano, ya me había mostrado todas sus mareas. Pero esta mañana, el buen Dios decidió demostrarme lo contrario.
Mi hija Marta me ha convertido en abuelo; ha nacido Bianca.
Y, contra todo pronóstico, este hombre que ha escrito quince obras y centenares de artículos, que ha llenado páginas con historias de puertos lejanos y hombres curtidos por la brisa marina, no ha sido incapaz de escribir un solo renglón, sin que la emoción le nublara la vista.
No fue una tormenta lo que me venció hoy, sino algo mucho más poderoso; una niña que cabe en los brazos y, sin embargo, ensancha el universo entero.
Comprendí entonces algo que ya había intuido al leer a Víctor Hugo cuando dijo aquello de: “Hay padres que no quieren a sus hijos, pero no existe un solo abuelo, que no adore a sus nietos”. Siempre me pareció una frase hermosa y hoy sé que es una verdad absoluta.
Ser padre fue aprender a guiar. Ser abuelo es aprender a contemplar.
Cuando fui padre, sentí la responsabilidad del timón firme entre las manos. Ahora, como abuelo, siento algo distinto; una ternura serena, una alegría limpia, sin urgencias ni miedos. Es como navegar en mar en calma después de haber sobrevivido a todas las galernas.
Bianca no sabe todavía que su llegada ha derrotado a un escritor. No sabe que su abuelo, que presumía de dominar el verbo, ha tenido que rendirse ante un simple suspiro suyo. ¡Y bendita derrota!
Porque hay emociones que no se escriben; se viven.
Hay sentimientos que no caben en la tinta, sino en el pecho.
Y hay miradas —como la de una nieta recién nacida— que convierten al más endurecido fornido marino en pura agua.
Hoy entiendo que todos los puertos a los que arribé, todas las millas navegadas, todas las historias contadas, eran apenas la travesía necesaria para llegar a este instante.
He descubierto que el verdadero tesoro no estaba en los horizontes lejanos, sino en una pequeña mano que apenas aprieta mi dedo.
Y si la mar me enseñó algo durante tantos años, fue a respetar la grandeza de los océanos; la grandeza de Dios. Pero esta mañana he aprendido que hay algo más vasto que el océano y que es el amor de un abuelo.
Bianca, pequeña mía, no sé qué mares surcarás ni qué sueños perseguirás. Solo sé que, mientras yo tenga aliento, tendrás en mí un faro encendido día y noche para guiarte con rectitud en esta vida.
Y que este viejo “lobo de mar”, que creía haberlo visto todo, hoy ha descubierto el más hermoso de los horizontes; tu sonrisa, mi niña linda.
He pasado media vida mirando el cielo desde el puente de un barco. Mientras el mundo dormía, yo hacía guardia despierto y cuando cerraba un ojo, abría el otro, porque de buen hacer y rectitud en mi misión, dependía en gran medida la vida de mucho hombre.
Siempre solo con el rumor constante del mar golpeando el casco y un horizonte tan oscuro que parecía no tener fin y sobre mi cabeza, un manto de estrellas que me acompañaba más fielmente que muchos mares.
En aquellas noches interminables, cuando el océano respiraba profundo y el barco crujía como un viejo compañero de fatigas, pensaba muchas veces en el futuro. Pensaba que, si Dios era generoso conmigo, quizá algún día tendría un nieto al que sentar en mis rodillas y contarle cómo fui feliz navegando.
Le hablaría de temporales furiosos y de amaneceres dorados en mares lejanos.
Le hablaría de puertos exóticos, de idiomas que sonaban como música desconocida, de la soledad que no duele cuando uno ama lo que hace.
Le hablaría del olor a salitre que se mete en la piel y ya no te abandona nunca.
Nunca imaginé que ese pensamiento, lanzado al cielo como una plegaria silenciosa, estuviera ya navegando hacia mí.
Y hoy, tantos años después, ha llegado. Ha llegado con nombre propio: Bianca.
Esta mañana, cuando supe que había nacido, sentí algo que ninguna tormenta consiguió arrancarme jamás. No fue miedo. No fue vértigo. Fue una emoción tan honda que me dejó sin palabras. Yo, que he escrito quince libros y tantos artículos como mareas he vivido, no pude escribir una sola línea.
Porque hay instantes que no se redactan; se arrodillan.
Recordé entonces aquellas noches bajo las estrellas. Recordé mi figura solitaria apoyada en la regala, mirando la constelación que guiaba el rumbo. Y comprendí algo que hasta hoy ignoraba: nunca estuve del todo solo. En algún lugar del tiempo, tú ya venías hacia mí.
Bianca, pequeña mía, tú no lo sabes todavía, pero tu abuelo fue inmensamente feliz en la mar.
Fui feliz recorriendo el mundo, sintiéndome diminuto ante la grandeza del océano. Fui feliz en mis aventuras, en mis riesgos, en mis regresos.
Pero lo que sentí hoy con tu llegada… lo ha desbordado todo.
Si el mar fue grande, tu llegada es el infinita.
Si la felicidad de navegar era profunda, la de mirarte es insondable.
Has rebosado mi vida como una marea viva que no conoce límites.
Hoy entiendo que cada milla recorrida era preparación. Que cada noche de soledad era una semilla. Que cada estrella que contemplé era un ensayo del brillo que ahora tienen mis ojos al pensar en ti.
Ya no soy aquel marino que desafiaba horizontes. Ahora soy un abuelo viejo que ha encontrado su puerto definitivo.
Y cuando llegue el día en que puedas escuchar historias, me sentaré contigo. Te hablaré de mares lejanos, de cielos inmensos y de cómo, en medio de tanta agua y tanta distancia, tu abuelo soñaba con una niña que aún no tenía nombre; en definitiva, te hablaré de lo feliz que fui.
Y después, cuando termine de contarte mis aventuras y desventuras, te confesaré en voz baja que ninguna de ellas se compara con el día en que naciste.
Porque tú, Bianca, eres el único horizonte que ha conseguido hacerme llorar de alegría.
Hubo una noche en el Mar del Norte que jamás olvidaré.
El cielo se cerró como una puerta de hierro y el mar dejó de ser compañero para convertirse en enemigo. El ciclón que se llamaba Ana- nunca olvidaré ese nombre- porque rugía como si el mundo fuera a partirse en dos.
Las olas alcanzaban los catorce metros. El viento sostenido superaba los ciento setenta nudos. El barco, que tantas veces fue mi casa firme, crujía como si estuviera hecho de papel. Aquello no era navegar; era resistir.
Y si, confieso que tuve miedo, mucho miedo
Un miedo limpio, sin orgullo. Un miedo que no conoce grados ni rangos. Recuerdo que bajé a mi camarote cuando la guardia me dio un respiro imposible, y allí, de rodillas, con el balanceo sacudiendo hasta el alma, miré la pequeña imagen de la Virgen del Carmen que me acompañaba desde que terminé Náutica. Desde entonces había embarcado conmigo en cada barco donde estuve, en cada océano, en cada puerto.
Aquella noche no le pedí salir vivo por mí; le pedí regresar por mis hijas.
Le pedí volver a Canarias para abrazar a Ana y a Marta. Le dije, con la humildad que solo nace cuando uno se sabe frágil, que si me concedía esa gracia sería por ellas. Porque me esperaban. Porque aún eran pequeñas. Porque un padre no puede faltar cuando todavía es faro.
El mar siguió golpeando horas interminables. Pero salimos ilesos regresé.
Volví a casa con el salitre pegado a la piel y una promesa silenciosa en el pecho: cada día que viviera sería un regalo.
Hoy, tantos años después, comprendo que aquella noche no solo estaba luchando por volver a mis hijas. Estaba luchando, sin saberlo, por llegar hasta este instante.
Porque una de aquellas niñas por las que recé de rodillas, Marta, me ha convertido hoy en abuelo
Y cuando he sabido que respiraba, sana y hermosa, he sentido la misma sacudida que aquella noche en el Mar del Norte…, pero al revés. Entonces la mar intentaba arrebatarme la vida. Hoy la vida me la multiplica.
He pensado en la Virgen del Carmen, mi eterna pasajera silenciosa. He pensado en aquella súplica desesperada en mitad del ciclón Ana, y he entendido que Dios escribe recto incluso en las olas torcidas.
Si aquella noche el miedo me hizo pequeño, hoy la felicidad me hace infinito.
Bianca, pequeña mía, tu abuelo fue feliz en la mar. Conocí puertos remotos, cielos inmensos y amaneceres que parecían promesas. Pero también conocí el temblor verdadero, el instante en que uno comprende que no es dueño de nada.
Sobreviví a tormentas, sobreviví a distancias y sobreviví a la soledad bajo las estrellas, pero nunca había sentido algo tan vasto como tu llegada.
Tú eres la respuesta tardía a una oración antigua. Eres la prolongación de aquella noche de rodillas. Eres la marea alta que ha venido a colmar todos mis océanos.
Y ahora, cuando algún día te siente en mis rodillas, te contaré que hubo un terrible ciclón llamado Ana, que casi me arrebata el futuro. Te contaré que recé por tus ustedes, mis dos hijas por tu mamá. Y te diré, mirándote a los ojos, que gracias a aquella promesa hoy puedo sostenerte entre mis brazos.
La mar me enseñó a no temer a la inmensidad, pero tú, Bianca, me has enseñado que el verdadero infinito cabe en una cuna.
Y esta noche, antes de dormir, miraré de nuevo la pequeña imagen de la Virgen del Carmen que aún descansa en mi mesa de noche. La misma que embarcó conmigo siendo un joven oficial recién salido de la Escuela de Náutica. La misma que resistió temporales, océanos y silencios. La misma ante la que me arrodillé cuando el Mar del Norte quiso arrebatarme el regreso.
Han pasado los años. Mis manos ya no sostienen cartas náuticas ni timones, pero ella, nuestra Santa Madre la Virgen del Carmen, sigue ahí, serena, como faro diminuto en tierra firme.
A Ella, que escuchó mi súplica en medio del ciclón.
A Ella, que me permitió volver para abrazar a mis hijas.
A Ella, que hoy me concede el milagro de sostener a mi nieta.
Gracias. Gracias mil
Porque si aquella noche me devolvió la vida,
hoy me ha regalado algo aún más grande: la dicha de ver cómo esa vida continúa.
Virgen del Carmen, Señora de los mares, cuida ahora de Bianca como cuidaste de su abuelo.
Y si algún día las aguas de su camino se agitan, sé también su estrella y su puerto.
¡Qué cosas!
Fdo. Julio César González Padrón
Marino Mercante y escritor

Mi más sincera enhorabuena don Julio.
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