Los hijos lo sospecharon siempre pero ninguno se atrevió a preguntar. Les resultada doloroso la posibilidad de recibir la respuesta que intuían. La madre era una mujer silenciosa y el padre un hombre de ordeno y mando. Durante años los hijos fueron testigos de la ausencia de amor entre ambos; ni un beso, un abrazo, ni esa mirada chispeante y delatadora. Corrección, atención al marido y nada más.
El amigo relató que su entonces jovencita madre conoció a un chico en el pueblo del que se enamoró. Fue su primer y el único amor de su vida. Hablamos de años difíciles de manera que viviendo como vivían en el interior de Gran Canaria el chico recibió una oferta de trabajo en la Península y se fue. Entonces las islas eran el fin del mundo. Se despidió con un “volveré a buscarte pero si conoces a otra persona, no me esperes”. Más honestidad imposible. No hay palabras mal dichas sino mal entendidas.
Al poco tiempo el hombre de ordeno y mando pasó por el pueblo, la cortejó y se casaron. Pero la vida es una caja de sorpresas. Veinte años después alguien de la familia reconoció en un tipo que paseaba por Murcia al novio que no pudo ser. Lo llamó a gritos y hablaron. “¿Qué ha sido de tu vida?”, “sigo soltero”. Le confesó que el amor de su vida fue aquella mujer canaria pero que cuando volvió a buscarla el tablón de la Iglesia anunciaba su boda y se marchó. Fue ahí cuando lo sacaron de su confusión. La joven entendió aquel adiós como una ruptura y nunca lo olvidó. Ni él a ella.
Eso explicó tanta amargura.
FUENTE : http://www.marisolayala.com/
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