Fue guapo, muy guapo. Alto, peinado a un lado, de dientes grandes y uniformes. Una hilera perfecta. Tenía mucho pelo que dominaba con brillantina. Era buen boxeador y a nosotros, unos chiquillajes, nos hacían gracia sus fintas, sus ganchos al aire, su pillería.
No recuerdo cuándo dejó de transitar la casa pero tengo imágenes de nuestro boxeador en lugares poco recomendables. La droga había llegado a su vida pero la venció y volvió a estar cerca de mí padre que le encargaba entrevistas, lo que era un aliciente para él. Parecía que había remontado, pero no. Un día supimos que había caído de nuevo y ya no levantó cabeza. No volvió jamás a casa. Yo sí lo veía, sabía dónde paraba. Ya no quedaba apenas nada del chico divertido, simpático y deportista. Nada. Un día, fallecido mi padre, me llamó. Estaba muy enfermo y quería contar su vida. Le aconsejé no hacerlo, pero fracasé. Parece que estoy viendo aquella página de prensa con su cara devastada por la heroína. Hace poco conocí a su hija y hablamos. Lo sabía todo. O casi.
Cuando mi padre murió escribió una carta conmovedora que, desolado, tituló “¿Y ahora, viejo?”
Ya era tarde. La muerte ganó el último combate.
fuente : http://www.marisolayala.com/el-joven-boxeador/

No hay comentarios:
Publicar un comentario