
El cazatormentas Tim Samaras dedicó su vida a perseguir y documentar tornados en aras de la ciencia. Pero su dilatada experiencia no bastó para enfrentarse a la tormenta más temible: la que acabó con su vida.
Pasan unos pocos minutos de las seis de la tarde del 31 de mayo de 2013. En el asiento del copiloto de un Chevrolet Cobalt de color blanco, el cazador de tormentas de 55 años mira atónito a la cámara de vídeo con la que el conductor del coche le está grabando. Un instante después se gira y vuelve a mirar por la ventana. Están en las afueras de El Reno, una localidad de Oklahoma, y los trigales relucen con un fulgor espectral, agitados por un viento despiadado. A menos de tres kilómetros y medio del vehículo, dos embudos nubosos gemelos descienden en espiral de una colosal nube negra. No es exactamente terror lo que percibimos en la voz grabada del hombre. Pero tampoco habla con la serena objetividad del científico.
«¡Dios mío! ¡Este va a ser enorme!», exclama.
Frunce el ceño y se frota la barbilla. Se llama Tim Samaras y ha pasado gran parte de su vida adulta en peligrosa convivencia con tornados. Son su obsesión, hasta el punto de que su mujer, Kathy, suele comentar irónicamente que su marido «tiene por amante a la Madre Naturaleza».
Esta primavera su aventura amorosa se había reanudado más tarde que de costumbre. «¿Dónde se han metido los tornados?», se quejó por Twitter. Pero entonces llegó el «mayo mágico» de los cazadores de tormentas, y con él, la cizalladura vertical del viento, producida cuando la masa de aire procedente del golfo de México eleva y enfría el aire que sopla hacia el este desde las Montañas Rocosas, una situación atmosférica que genera tormentas y que, de paso, hace saltar chispas en los foros virtuales de cazadores de tormentas de todo Estados Unidos. «¡Mal tiempo! ¡Una MARAVILLA de mal tiempo!»
La mañana del 18 de mayo Samaras se despidió de Kathy con un beso y comprobó que su hamburguesa de la suerte (una cheeseburger de McDonald’s, para entonces un poco mohosa) estuviera correctamente situada sobre el salpicadero de su Cobalt. Después, acompañado por otros dos miembros de su equipo (su hijo Paul, de 24 años, y Carl Young, meteorólogo de 45), partió de su casa de Bennett, Colorado, en dirección este, hacia las llanuras del Medio Oeste conocidas como el Corredor de los Tornados.
Durante los cuatro días siguientes Samaras y su equipo, llamado TWISTEX, recorrieron miles de kilómetros a través de Kansas, Oklahoma y Texas y encontraron por lo menos 11 tornados. Luego, tras una breve pausa de cuatro noches que pasó en casa, Samaras volvió a la carretera en una camioneta equipada con una gigantesca cámara de alta velocidad para estudiar los rayos en Kansas, aunque reconoció que pensaba llevar «un vehículo secundario para dar un rodeo» en caso de que surgiera algún tornado.
Durante los cuatro días siguientes Samaras y su equipo, llamado TWISTEX, recorrieron miles de kilómetros a través de Kansas, Oklahoma y Texas y encontraron por lo menos 11 tornados. Luego, tras una breve pausa de cuatro noches que pasó en casa, Samaras volvió a la carretera en una camioneta equipada con una gigantesca cámara de alta velocidad para estudiar los rayos en Kansas, aunque reconoció que pensaba llevar «un vehículo secundario para dar un rodeo» en caso de que surgiera algún tornado.
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